Fracaso escolar, bullying y ciberbullying, racismo, homofobia, desidia docente, indiferencia familiar protagonizan el thriller en La edad de la ira (Espasa, 2011), donde el escritor Fernando J. López realiza una radiografía de la realidad de nuestras aulas. Licenciado en Filología Hispánica, este profesor de Secundaria y Bachillerato ha trabajado en diversas editoriales y en la actualidad conjuga su labor docente en un instituto con la creación literaria.

“Debemos hacer autocrítica de nuestra labor, en
la que falla la colaboración y el trabajo en equipo”

En su novela La edad de la ira, el escritor y docente Fernando J. López profundiza en las asignaturas pendientes de la convivencia en los centros

Madrid. ROSAURA CALLEJA
Con su primera novela In(h)armónicos (Opera Prima, 2000) obtuvo el Premio Joven y Brillante, y con La inmortalidad del cangrejo quedó finalista en el Premio Río Manzanares. Además, ha escrito más de veinte obras de teatro que, dirigidas por él, representa en su propia compañía. En su blog “Eso de la ESO. Diario (exhibicionista y nada secreto) de un profesor de Secundaria” comparte sus inquietudes sobre los problemas del sistema educativo.
En palabras de Fernando  J. López, “todos  los  hechos  de  esta

“No podemos suplir la labor de los padres, pero si ser conscientes de nuestra responsabilidad y asumir un mayor compromiso”

“El progreso formativo en los claustros no
va acompañado de una modernización del currículo”

“Creo que es imposible que
el sistema funcione mientras no haya un verdadero pacto educativo, un modelo estable y actualizado”

 
 

novela son ficticios, pero muchas de las emociones expresadas por los personajes están inspiradas en los cafés y recreos compartidos con mis compañeros”.

En la novela refleja la realidad de un instituto, donde los alumnos pasan más horas que en sus casas y el profesor debe asumir además de su función docente, la de educador en el sentido de consejero, psicólogo, formador en valores. ¿Considera que el profesor debe desempeñar estas funciones y cómo puede transmitir a los padres la necesidad de que asuman su responsabilidad en el proceso educativo de los alumnos?
Creo que debemos ser conscientes de que nuestra labor no se ciñe tan solo a impartir nuestra materia. Claro que no podemos suplir la labor de los padres, que deben implicarse profundamente en la formación de sus hijos, pero sí que hemos de ser conscientes de nuestra responsabilidad con los alumnos y asumir un mayor compromiso para que esa educación sea posible. Por otro lado, necesitamos más medios para llevar a cabo esa labor, pues los recursos de los que disponemos no suelen ser suficientes.

Implicación del profesorado

También describe un prototipo de profesor que cumple con su trabajo de forma limitada y no se implica en la tarea pedagógica. En su opinión, ¿a qué responde esta actitud de algunos docentes?
La falta de implicación viene dada, a menudo, por la falta de reconocimiento y de motivación para esas otras tareas que, pese al esfuerzo que suponen, acaban siendo invisibles y no recompensadas. No se ofrecen auténticos incentivos más allá de la propia satisfacción del docente que, a menudo, tiene que esforzarse y salvar todo tipo de obstáculos para que esos proyectos salgan adelante. El hecho de dejarlo todo en manos del voluntarismo acaba desgastando a quienes sí se implican y, por supuesto, también disuade al resto.

Las nuevas tecnologías han irrumpido en la sociedad y han transformado no sólo la vida cotidiana, sino también los comportamientos y las actitudes. ¿Los profesores son capaces de comprender y adaptarse al mundo tecnológico en el que están inmersos los jóvenes?
Estoy convencido de que el profesorado está haciendo un esfuerzo por adaptarse a las nuevas tecnologías, por ejemplo, son muchos los profesores que emplean blogs de aula o que se han lanzado a probar la pizarra interactiva y, aunque aún esto último sea aún minoritario, otros hemos empezado a indagar, por ejemplo, en el uso de redes sociales como herramienta educativa. Sin embargo, ese progreso formativo en los claustros no va acompañado de una modernización del currículo, que en muchas materias se mantiene anquilosado en el tiempo, más próximo al extinto BUP que a los contenidos que demanda la sociedad del siglo XXI.

Integración de minorías

Ante los brotes homófonos o racistas que se producen en algunos centros, ¿cree que realmente el sistema educativo tiene los recursos suficientes para integración de inmigrantes o chicos pertenecientes a minorías étnicas?
Los recursos son limitados, desde luego, y la crisis ha hecho que se adopten medidas y recortes drásticos en muchos centros: aumento de alumnos por aula, más horas lectivas para los tutores, disminución del número de orientadores, supresión de muchos grupos de apoyo… Todo ello dificulta la atención al alumno y, desde luego, es un obstáculo para conseguir la integración de todos los alumnos, sean cuales sean sus diferencias.
Sin embargo, no creo que la falta de medios justifique la pasividad o la inacción. En este sentido, tal y como se hace en muchos institutos, considero que nuestra obligación es doble: por un lado, debemos hacer que esa integración sea real, educando en el respeto y en la tolerancia; por otro, debemos exigir que se invierta más en la Enseñanza Secundaria y que se tome conciencia de hasta qué punto es relevante que el sistema educativo funcione bien si queremos que la sociedad del mañana también lo haga.

Violencia en los centros

Un profesor homosexual, otro detenido por distribución de pornografía infantil, episodios de violencia, un alumno que asesina a su padre y hiere gravemente a un hermano ….¿Estos elementos son recursos literarios o considera que realmente configuran la realidad de algunos centros? 
En primer lugar, hay que diferenciar los hechos cotidianos y naturales –como la convivencia de profesores de cualquier orientación sexual dentro del mismo claustro- de los hechos violentos que se presentan en la novela y que, en este sentido, sí que forman parte de la trama literaria.
Por un lado, el hecho de que La edad de la ira aborde con tanta naturalidad la homosexualidad de algunos de sus protagonistas responde a mi intención de hacer visible una realidad que, aún hoy, parece oculta o velada en nuestras aulas. Además, así se aborda otro de los temas importantes dentro del libro: la homofobia, que –lamentablemente- es una de las causas más frecuentes de acoso y ciberacoso escolar.
Por otro, los episodios de violencia descritos son, evidentemente, recursos de la trama y del argumento –se trata de una novela negra, no de un ensayo-, pero sí son sucesos perfectamente posibles en un centro actual. Además, no son dos hechos que coinciden casualmente, sino que el lector deberá encontrar los nexos que los vinculan hasta entender cómo estalló la ira en el personaje de Marcos.
En definitiva, la novela nos plantea el tema de la violencia presentándola desde múltiples enfoques y deja que sea el lector quien saque sus propias conclusiones sobre los agentes y las causas que la provocan.

Autocrítica

Ante las numerosas bajas laborales por depresión y la desmotivación que están haciendo mella en el sector docente ¿Cuál es su opinión frente a la pérdida de autoridad de los profesores y a su escaso reconocimiento social?
Creo que son problemas que requieren una solución compleja y en la que, desde luego, debemos estar todos implicados por igual. En lo que atañe a mi gremio, sería bueno que hiciésemos una mayor autocrítica de nuestra labor, en la que a menudo falla la colaboración y el trabajo en equipo. A su vez, es preciso que se invierta mucho más en educación y que se valore –no ya de forma remunerada, sino mediante cualquier otro sistema: reducción de horas, créditos, etc- la implicación real del profesorado en ciertas actividades que fomentan tanto la integración del alumnado como su formación en otras cuestiones ajenas al consabido libro de texto. Por supuesto, también los padres deberían tomar conciencia de la importancia de su labor y apostar por el diálogo tanto con sus hijos como con sus docentes, pues a menudo da la sensación de que los profesores y las familias perteneciesen a bandos hostiles y navegasen en direcciones opuestas, cuando todos estamos en el mismo barco.
Finalmente, creo que es imposible que el sistema funcione mientras no haya un verdadero pacto educativo, un modelo –estable y actualizado- que subsane muchos de los errores que se han ido superponiendo en las reformas anteriores; un pacto donde, por una vez, se consulte y escuche a quienes estamos a pie de aula.