El autor reflexiona en este artículo sobre los procesos de exclusión escolar que abocan a algunos alumnos al fracaso personal permanente. Estas situaciones afectan en mayor cuantía a escolares inmigrantes, pertenecientes a minorías étnicas y a discapacitados, y su impacto negativo se deja sentir en todos,
por ser fuente de tensión y violencia. Se ofrecen, por lo mismo, vías preventivas y neutralizadoras enmarcadas en los modernos planteamientos pedagógicos de la educación inclusiva.

La educación inclusiva

Valentín Martínez-Otero
Profesor Universitario y Doctor en Psicología y en Pedagogía

educación inclusiva  se abre

paso expresivamente en nuestros círculos formativos y tiende a consolidarse. La idea de construir una escuela de todos adquirió fuerza mundial a partir de encuentros internacionales, entre los que cabe destacar: la Conferencia Mundial de Educación para Todos, en Jomtien (Tailandia, 1990) y la Conferencia Mundial sobre Necesidades Educativas Especiales, en Salamanca (España, 1994). Diversas reuniones posteriores han ido reafirmando el compromiso de crear escuelas inclusivas, promotoras de personalización y cooperación.
Si bien los términos ‘integración’ e ‘inclusión’expresan un proceso de concurrencia personal que permite alcanzar una realidad humana acogedora, justa y solidaria, la pedagogía actual se inclina por el vocablo ‘inclusión’ por varias razones, entre las que destacamos dos. La primera porque la inclusión enfatiza el derecho de todos los educandos, con necesidades educativas especiales o no, a participar y a ser miembros del aula y la comunidad escolar en que se encuentran. La segunda porque la inclusión comporta la participación de todos los alumnos en la escuela, no sólo su presencia. Se critica de hecho el poso asimilacionista que ha dejado la integración escolar al limitarse a acoger físicamente a los alumnos en los centros.
Aunque la inclusión presenta mayor solidez pedagógica y social que la mera integración, tampoco resulta fácil aplicarla. Se requiere inicialmente concienciación por parte de los centros escolares. A este respecto, cualquier comunidad educativa debe plantearse la inclusión de todos sus miembros. Tras esta actividad autorreflexiva hay que buscar activamente que los estamentos que constituyen la institución estén representados en sus órganos, pero sobre todo que se participe en las actividades cotidianas y que se refuercen los lazos personales en el seno de la comunidad. La inclusión educativa aporta cobertura defensiva y respaldo. Los escolares, por ejemplo, se sienten mucho más identificados, protegidos, cohesionados e implicados con la comunidad a la que pertenecen y que les apoya. La escuela proporciona seguridad y mejora la autoestima de los alumnos desde el mismo instante en que practica la acogida.

La amenaza de la exclusión escolar

La educación inclusiva enfatiza la necesidad de reconocer y valorar a todas las personas, independientemente de sus características o cultura. Es bien sabido que algunas prácticas educativas perversas se han servido de las diferencias como excusa para el control, la manipulación y, sobre todo, la exclusión escolar y social de los “disímiles”. Las orientaciones pedagógicas de este tipo son profundamente injustas y chocan frontalmente con los postulados humanistas. Procedimientos más o menos enmascarados amparados en estructuras escolares insensibles y abusivas han cerrado sistemáticamente las puertas a discapacitados, inmigrantes, etc. Este cuadro de desigualdad frena la construcción de una sociedad mejor, a la vez que puede generar un elevado grado de entropía en el sistema escolar. Quizá el incremento de la desmotivación, la tensión y la violencia en los centros sea consecuencia, al menos en parte, del arrumbamiento de que son objeto algunos grupos de alumnos. En la escuela actual no es raro que se sacrifique la diversidad humana en aras de la homogeneidad impuesta por el sector hegemónico. Esta aberración educativa más o menos visible se apoya en estructuras institucionales complacientes que restringen los espacios y los canales de comunicación y participación de los más débiles. Las consecuencias de esta disfuncionalidad no se hacen esperar: resquebrajamiento de la identidad, pérdida del sentido vital y malestar. Este proceso de enajenación escolar y sus negativos efectos se podrían prevenir mediante el refuerzo de la comunidad en los centros y la inclusión de los alumnos en ella. El concepto de “próximo lejano” manejado por la ciencia sociológica expresa la paradójica situación de algunos alumnos que, a pesar de su cercanía física, permanecen distantes por carecer de vínculos con los demás miembros de la institución. Esta circunstancia los convierte en extraños y excluidos que, además, corren el riesgo de perpetuarse en este estado: las fauces de la marginación aprietan con fuerza. Los circuitos de segregación escolar abocan a niños y adolescentes a la denominada “indefensión aprendida”, de la que es muy difícil liberarse. Los alumnos ignorados fácilmente se tornan “ignorantes” y hasta se les cuelga la etiqueta de fracasados que, en algunos casos, les acompañará toda la vida.
En nuestras escuelas, de forma visible o invisible, hay todavía poderosas corrientes excluyentes. En el llamado “fracaso escolar” encontramos una buena prueba. Afecta en mayor cuantía a alumnos pertenecientes a estratos sociales desfavorecidos. De hecho, cabe hablar de “infraclases escolares” para referirnos, en primera aproximación, a alumnos que a menudo proceden de capas sociales humildes y que comparten ciertas características desventajosas, por ejemplo, discapacidad o bajo rendimiento. Sobre esta cuestión, no debe olvidarse que el malogro académico explica en parte otras formas de fracaso (laboral, social, económico...), de violencia y de marginación.
La moderna pedagogía muestra que la educación inclusiva ofrece un marco teórico-práctico idóneo para prevenir y combatir la exclusión. Se presenta hoy como la vía apropiada para potenciar la formación integral de todos los educandos, más allá de sus características personales, culturales o sociales. Los sistemas educativos tradicionales han generado altos índices de fracaso, abandono y exclusión, por lo que uno de los mayores retos formativos en el mundo es garantizar el derecho de todas las personas a recibir una educación de calidad cualesquiera que sean sus condiciones. Para alcanzar este objetivo se requieren estrategias adecuadas que partan de la realidad personal de los educandos, satisfagan sus necesidades y eviten la discriminación y la desigualdad de oportunidades.

La comunidad educativa inclusiva

La puesta en marcha de la educación inclusiva equivale a apostar fuerte por la transformación positiva de la realidad escolar y social. La reflexión y la experiencia apoyan la conveniencia y aun la necesidad de impulsar la inclusión de todas las personas. Se sabe que las situaciones escolares de exclusión empujan a las personas hacia el fracaso personal, académico, profesional y social. La marginación y el rechazo incrementan la desorganización del sujeto y le despojan de sus recursos defensivos. La estrategia de utilizar las diferencias (físicas, intelectuales, culturales, etc.) como pretexto para la segregación constituye una aberración pedagógica de consecuencias muy negativas. Cuando un centro escolar practica sistemáticamente la exclusión, a veces desde una plataforma encubierta de legitimidad, está incurriendo en grave injusticia. En esta cuestión conviene ser extremadamente cautelosos y coherentes, no sea que se incurra en hipocresía. La tentación de defender la integración desde la incongruencia es hoy una lamentable realidad en algunas instituciones. Este tipo de discurso inauténtico enturbia en grado mayúsculo la pretensión de fortalecer la inclusión y la convivencia.
Si nos detenemos, por ejemplo, en el impacto del multiculturalismo en la escuela con rapidez se advierte que no siempre ha sido positivo. La inadecuada canalización de este fenómeno en algunos centros ha desembocado en un enfrentamiento entre grupos culturales. Aunque en este tipo de conflictos suele ocurrir que el sector más débil se lleva la peor parte, sus negativos efectos se extienden a todos en forma de indisciplina, desconfianza, tensión, maltrato, etc. Ante la condescendencia o pasividad institucional es menester apostar por una genuina educación intercultural, por poseer un núcleo inclusivo y haberse revelado muy eficaz cuando se aplica razonada y seriamente.
La renovación pedagógica que propugnamos, aunque requiere el concurso de toda la comunidad escolar, debe ser abanderada en los centros por directivos y profesores. Cuando el impulso transformador corresponde inicialmente a estos grupos es más probable que cristalice y se contagie al resto de miembros. Asumir este protagonismo es totalmente necesario si de verdad queremos frenar la tendencia segregacionista que se extiende por la escuela y la sociedad.
El programa impulsor de educación inclusiva se torna estéril si se carece de compromiso y sin una serie de modificaciones sustanciales en las estructuras escolares y sociales. De la competitividad y la exclusión ha de pasarse a la colaboración y la inclusión. Estas mudanzas deben realizarse decidida y gradualmente. La precipitación en este terreno es muy desaconsejable, porque puede provocar efectos muy negativos, acaso peores que las situaciones que se pretende cambiar.

Canales para favorecer la inclusión educativa

Con carácter general, cabe afirmar que la eliminación de barreras ayuda a robustecer la comunidad educativa. La inclusión pasa por fomentar la cultura del encuentro y del diálogo. La amplitud y profundidad de la filosofía de la educación inclusiva no impide reconocer diversas bases dotadas de virtualidad operativa para su implantación en las instituciones escolares. A continuación presentamos un decálogo orientador:

-         Robustecer las relaciones interpersonales.
-         Considerar las diferencias como oportunidades para el aprendizaje
      y el desarrollo personal.
-         Promover metodologías de enseñanza que presten atención
      y respondan a la diversidad de características y necesidades de los       alumnos.
-         Reconocer el impacto formativo del currículum oculto.
-         Evaluar los resultados del educando con arreglo a su unicidad y       esfuerzo.
-         Partir de la práctica y de los conocimientos previos.
-         Fijar objetivos flexibles y adaptar las actividades a los educandos.
-         Fomentar el enfoque colaborativo en la docencia y en la       investigación.
-         Facilitar la participación de los padres.
-         Favorecer la formación del profesorado.

Conclusiones

El fenómeno de la exclusión avanza, si es que no galopa, en la sociedad occidental actual. La cohesión social es frágil y se detectan considerables procesos de fragmentación. La desigualdad, a veces patente en ámbitos escolares, es considerada como una de las principales causas de conflictos. No siempre hay conciencia clara de lo que sucede y hasta es frecuente recurrir a la táctica del avestruz. 
El problema de la pobreza no es únicamente económico, también es social, laboral, educativo... y nos concierne a todos. Así que no debemos mirar hacia otro lado. Uno de los factores que genera exclusión y miseria es la intolerancia hacia el diferente, ya sea por causas étnicas, culturales, físicas, etc. Si pensamos en los actuales escenarios educativos, es bien cierto que hay alumnos más vulnerables a la exclusión, pero ningún escolar es inmune a esta situación. Por nuestros centros de enseñanza, como por la sociedad toda, quedan demasiados muros separadores que es preciso derribar si de verdad queremos más libertad, solidaridad y desarrollo compartido.
La desigualdad, la injusticia y la rivalidad propiciadas por la insensibilidad y la rigidez de determinadas estructuras sociopolíticas va dejando en la estacada a significativos sectores de la población. Con frecuencia donde se preludia este arrumbamiento es en la escuela, en la que algunos alumnos corren el riesgo de convertirse en “parias escolares”, por negárseles sistemáticamente la participación y aun el trato.
Combatir la exclusión escolar equivale a prevenir la exclusión social. La lucha contra el racismo, la xenofobia, la discriminación y el fracaso ha de ser labor de toda la comunidad. La construcción de la escuela de y para todos debe hacerse entre todos a la luz de la razón y la afectividad.

 

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